En poesía, de nada vale escribir de la existencia;
es imprescindible existir en el lenguaje, y en la
textura que lo realiza.
(Jorge Rodríguez Padrón)

La escritura como ejercicio íntimo. No hablo de un ámbito cerrado, hedonista, ajeno. La intimidad como el espacio donde la persona reconoce la densidad de su relación con el mundo; donde se aparece y ordena la conciencia subjetiva de la existencia, contra todos sus límites. El trazo negro de la escritura, por eso, hilo que amarra tres puntas (la memoria personal y la mirada propia y la tradición literaria heredada) en un nudo de memoria íntima. Nombrar ese nudo será una experiencia en sí misma “porque la palabra no queda en simple discurso corroborador de lo que pretende decirse; porque la poesía está reñida con el suceso, y es ella misma acontecimiento”.

Para facilitar el desenlace del nudo intenso que es la escritura de Jorge Rodríguez Padrón (nudo que al decirse nos libera, nos ensancha) estas conversaciones se han estructurado en torno a esas tres puntas del hilo, queriendo formar un discurso evolutivo que sólo cobrará sentido cuando, y sólo si, el lector regresa a la obra de Jorge olvidado del orden que en este librito he querido dar a sus recuerdos, sus ideas, sus compromisos. A su palabra.

Necesario, en primer lugar, sacar a la luz la vivencia personal, intuir aquellos momentos que fueron hilando un sentido, una dirección hacia el compromiso existencial con la escritura como forma de atarse y desatarse, de conocerse y superarse. Experiencias traídas a la memoria de hoy, que, aunque parezcan digresión, son razones latentes de la forma en que Jorge se nos aparece. Se nos dice.

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“Entre los espacios personales míos, en el principio, la azotea de mi casa, en la parte baja de Vegueta muy cerca de los Jesuitas. De allí guardo un paisaje visual que ahora es imposible rescatar: toda la azotea del Colegio, los curas paseando por ella y el mar todavía viéndose al fondo. Recuerdo, desde allí, las primeras venidas de la langosta. Y luego el mundo de la playa, pero la playa de Las Alcaravaneras. Las Canteras al principio estaba como al margen. Hay que tener en cuenta que, entonces, para ir a Las Canteras había que ir por la costa, por León y Castillo hasta el final y salir por el Club Náutico y el Arsenal de la Base Marítima para llegar allá. Por detrás no se podía ir, eran arenales. Y yo no sé si por eso o por costumbre familiar, el mundo mío de la infancia era la playa de Las Alcaravaneras”. La playa de Las Canteras, sin embargo, vino más tarde. Inevitablemente. Atraído por el magnetismo del mar, quizás, o buscando con los amigos dónde estar íntimamente a salvo de la ciudad en medio de la noche, con el negro y ruidoso océano de fondo. “Eugenio Padorno, Alberto Pizarro, José Luis Pernas… recuerdo gente que no siguió con la literatura como Juanito Caballero (¡qué pronto se nos fue!). Nos reuníamos allí, en la Avenida, íbamos de un lado para otro y nos sentábamos donde primero nos cuadraba para leernos nuestras cosas y decir lo último que habíamos escrito, qué habíamos leído…”

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Desde que el Bachillerato en Las Palmas termina, el relato vital de Jorge aparece marcado por una curiosa relación entre distancia y adentramiento. Y aunque parezcan elementos inconexos, la relación entre ambos afectará a partir de entonces tanto a la evolución cronológica y vital de su escritura como al armazón conceptual que la sustenta. Sostengo que distancia y adentramiento son claves que pueden dar sentido a la biografía y a la poética de Jorge. (…)

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El papel que cumplió Jorge dentro de Poesía Canaria Última puede relacionarse con el que cumple en el marco de la literatura canaria contemporánea: está dentro y fuera a la vez. Participó en la mayoría de los eventos aglutinantes del grupo, aportó varios poemas a la antología de 1966 y, de hecho, su única actividad estrictamente poética data de entonces y dio lugar al poemario Geografía e historia. Pero al mismo tiempo se convirtió en el crítico de su generación, el primero que trató de sentar las bases par comprender la nueva poesía canaria. Dentro y fuera no quiere decir a veces dentro y a veces fuera; quiere decir que nunca ha renunciado a mirar aquel periodo (ni la literatura canaria) desde una estricta e intensa distancia personal.

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Tengo una tesis personal acerca de la escritura de Jorge, al menos tras el punto de inflexión de 1976. Quien la lea como crítica literaria exclusivamente, quien la lea como creación literaria exclusivamente pierde algo. Incluso en sus libros, llamemos, menos “académicos” como La palabra dada o Conversación en dos días de otoño, la reflexión crítica en torno al sentido y alcance de lo que es la palabra poética están permanentemente desdoblando el discurso. Y en los otros, a la inversa, en aquéllos que vienen precedidos por un cartel de investigación literaria como la Lectura de la poesía canaria contemporánea o Del Ocio Sagrado o el más reciente El barco de la luna, el compromiso estético y ético con el lenguaje está en primera fila, lleva la aportación significativa de su obra como crítico más allá de la exposición de ideas: su fuerza radica en la sensación que tenemos de ver aparecer las ideas del curso de las palabras, del discurso personalizado. Personalización no entendida como imagen de marca que vender, sino como sincero hallazgo del individuo que necesita hablar su voz para decir la verdad. El perfil significativo de Jorge es eminentemente creativo. Por eso, “yo siempre tengo la impresión, cuando después me leo las cosas que escribo, que la materia sobre la que he hablado me ha impuesto escribir de una manera. E incluso hay autores sobre los que yo he tenido que escribir usando su propio tono de lenguaje” y para eso es necesario que “el lenguaje vaya, se acomode al paso del pensamiento, y que no sirva para decir las cosas de acuerdo con unos patrones ya establecidos no sólo dentro de los géneros, tampoco dentro de las ideas”.

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Para nombrar ese impulso que traza un arco entre el asombro y el hallazgo poético, esa tensión, ese salto, Jorge ha utilizado recurrentemente una serie de palabras que pueden servir, también, para desvelar algunas claves de su mirada propia. Palabras que expresan la necesidad de ir a la búsqueda de lo que falta como manquedad. “Cuando yo estoy escribiendo tengo la sensación de que estoy yendo hacia algo que me falta; estoy escribiendo porque tengo que cubrir un camino que todavía no tengo cubierto. Por eso utilizo mucho el término manquedad, porque me encuentro carente de cosas, y no sólo sé que no me lo sé todo, sino que cuando voy a buscar algo tampoco sé si lo voy a encontrar”. O como adolescencia, ya que “siempre que empiezo a escribir adolezco de algo, la posición es de adolescencia, es decir, de una persona que tiene un cierto desarrollo, pero todavía tiene que completarlo, tiene que ir adquiriendo madurez”.

Pero también palabras que se refieren a la plenitud que aporta la escritura como comunión. “Yo no entiendo la escritura si en esa exploración hacia lo demás no voy reuniendo en torno a lo que yo digo a gente que esté también perdida como yo, que le falte eso que yo estoy buscando. No utilizo el término comunión en el sentido religioso, tampoco en el sentido panteísta. Yo creo que la poesía establece un espacio de comunión, un lugar al que venimos todos a ver si entramos en relación”. Por eso (lo dice desde el título de uno de sus ensayos más significativos) la palabra se entiende como palabra dada, palabra debida (de vida).

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La poesía, en segundo lugar, como espacio. Como espacio abierto que “es concentración dinámica del tiempo y explosión seminal del conocimiento: en un instante se resuelve su ser y su proyección hacia la totalidad; niega su carácter sucesivo se afirma como manifestación, como epifanía”. Y esta concepción eminentemente espacial de la poesía en la que el poeta ve “la sucesión de su existencia cortada de improviso por la verticalidad rotunda de la experiencia verbal” marca la profunda falla que existe entre el lenguaje de la poesía y el de la novela. “El poema, al ser un espacio de comunión, al ser un espacio sobre todo, no tiene dimensión temporal, no tiene principio ni fin. Sin embargo, la novela sabes cuándo empieza y cuándo acaba, el discurso horizontal del tiempo va modulándose, como se modula la historia, como se modula la vida de una persona. En el poema no, en el poema siempre estás para empezar. Nueva lectura, nuevo comienzo. No tiempo, inauguración de la totalidad; no memoria, relámpago de una mirada; no anécdota, instauración de la imagen”. (…)

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En concreto, el compromiso de Jorge con la memoria literaria de Canarias se puede rastrear desde aquellos trabajos juveniles publicados en Cartel de las Artes y las Letras, su serie de artículos Nueva Poesía. Un compromiso asumido expresamente cuando en el discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua declaraba que “nada de las Islas me es ajeno, aunque las circunstancias me hayan llevado a vivir fuera de ellas. No acudiré al tópico sentimental, porque faltaría a la verdad: no soy de esos que piensan constantemente en el clima benigno que hemos dejado atrás; ni de los que creen ver el mar –a cada rato- en las llanuras de la Meseta… Pero todos ustedes saben que mi reflexión sobre la insularidad, y sobre cómo se expresa a través de una lengua y una literatura diferenciadas, me ha ocupado y preocupado a lo largo y ancho de mi trabajo como escritor y como profesor”.

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Una tradición de miradores oblicuos que colocan su palabra en un quicio. “La escritura y la cultura que desde las Islas debemos reivindicar, esa diferencia que, sin complejos ni reparos, pero también sin presumir demasiado, nos cumple defender, viene determinada por la condición fronteriza que nos define y que, como ha explicado Eugenio Trías, es la verdadera condición humana”. Una voluntad de perspectiva fronteriza alimentada desde el principio por la coyuntura histórica y asumida abiertamente por la escritura desde los orígenes de su tradición “porque en realidad Cairasco responde a toda una memoria anterior. Lo primero que hace es ponerse a discutir con Tasso, está metido en el mundo de esa tradición, pero la lleva a las Islas, y la mezcla con la nueva que él está viendo surgir”. Una tradición que, por lo tanto, funda su valor en la voluntad explícita de insertar su punto de vista, su voz diferente no en una excentricidad desorbitada, sino en el seno de un diálogo con las otras voces que configuran la corriente más amplia del pensamiento y la memoria europeos.

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Porque el pensamiento no sólo no está reñido con la existencia, sino que sólo es tal si nace de un compromiso personalísimo con la escritura. Si se vive lo que se piensa, radicalmente. De raíz. Un compromiso personal que a lo largo de la obra de Jorge se expresa como disposición al hallazgo y apertura al asombro. Una disposición que no es incendiaria, sino ardiente; no es inflexible, sino independiente; no es individualista, sino que aspira a insertarse en un diálogo con las voces heredadas; no instrumentaliza las palabras en beneficio de la victoria, sino que abre su posibilidad desde dentro del lenguaje.

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